domingo, 27 de noviembre de 2011

La persistencia del tiempo


"(...) el tiempo no se puede concebir sin el espacio, dice cada uno de mis cuadros. Mis relojes blandos no son sólo una imagen poética de la realidad, sino la definición más perfecta que puedan dar las más elevadas especulaciones matemáticas del espacio tiempo, porque mejor que una ecuación matemática los relojes blandos dan una definición de vida. Tiempo elevado a la máxima potencia."
Salvador Dalí, sobre "La persistencia de la memoria" (también llamado Los relojes blandos o El tiempo derretido), 1931, actualmente en el Museo de Arte Moderno de New York)


      El tiempo resulta en mis pobres circunvalaciones hacia mi misma uno de esos dolores intensos, agudos y persistentes. Es lo inasible y por tanto, doloroso; la agudeza se la da la misma belleza efímera y lujuriosa; la persistencia, para qué preguntarlo, el tiempo es exactamente la persistencia. 
      Y sin embargo, aún sabiendo que no es por esas rutas catastróficas por donde debiera dejar circular a mi mente, es inevitable, uno de esos tantos inevitables que a esta altura resultan hasta pozos acolchonados, de tan conocidos.
     Las especulaciones sumadas a la procastinación, los días corriendo como cataratas inmunes a cualquier pedido de piedad, las horas muertas, dormidas, revueltas entre el calor estival de un Buenos Aires tropical. 
      A veces creo que todo podría solucionarse poniendo predicado en las oraciones, quiero decir, intentando dejar de hacer una descripción y narrar, aunque eso sería contar y un poco me espanta ser contadora. Predicar sobre tantas cosas, creo que sólo quiero oir alguna vez algún silencio, aún cuando sea artificial. 
    El punto es que de cualquier manera, el tiempo continua siendo, fue, será. Maldito esquema mental, cavilaciones inútiles, intelectualidades berretas por no poder ser sólo un poco de vida (comer,amar, rezar).



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